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"El reino de la tortuga": el cuento de Marcos J. Villalobo sobre fútbol, memoria y libertad en Villa del Dique

Un relato que explora la búsqueda de libertad de una adolescente en una noche marcada por miedos, mandatos y el descubrimiento del juego como refugio.

Hace 4 horasMario Pablo LópezMario Pablo López

Una noche que cambia para siempre

El cuento narra la experiencia de Clotilde, una adolescente que enfrenta mandatos familiares y temores cotidianos para vivir, por primera vez, la aventura simple y transformadora de jugar a la pelota con sus amigas. En ese trayecto nocturno hacia el patio del colegio Fray Mamerto Esquiú, el tiempo parece estirarse, volverse una tortuga, mientras ella atraviesa miedos, prejuicios y peligros. Ese partido clandestino, sin árbitro ni reglas, se convierte en el espacio donde descubre una forma posible de libertad, una que marcará su memoria para siempre.

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                                               El reino de la tortuga

                                              Por: Marcos J. Villalobo

 

"La literatura se hace con la literatura".

(María Negroni)

 

“¿Qué puedo saber de lo que seré, yo que no sé lo que soy?

¿Ser lo que pienso? ¡Pienso ser tantas cosas!”

(Fernando Pessoa)

 

Doña Clotilde tiene el mate en una mano y mira por la ventana: las hijas de la Susana juegan a los penales. Qué envidia sana, dice en voz alta. Escucha a las niñas y sus risas…risas,

risas, 

risas

 

Clotilde escuchaba risas desde el comedor y se dijo que esta era su oportunidad. Se levantó de la cama, se ató las zapatillas, con cautela se acercó a la puerta: su papá junto a sus amigos parece que la pasaban bien. Risas y más risas. Abrió la ventana. Un gato maulló. Callate, por favor, le rogó. Confirmó que a su alrededor no hubiera nadie, se persignó y saltó. Atrás aún se escuchaban las carcajadas de su papá. Clotilde comenzó a correr.

 

Esa tarde un grupo de amigas le propuso hacer algo que estaba prohibido. La palabra “prohibido” la entusiasmó. Sí, dijo, sin saber de qué se trataba. Lo prohibido le atraía. Cuando le dijeron que lo prohibido era ir a jugar a la pelota en el patio del colegio, en el Fray Mamerto Esquiú, a la noche, de manera clandestina, fue mayor su satisfacción.

 

Clotilde había escuchado - más de una vez- a su papá gritar con sus amigotes que el fútbol es para machos… o… las mujeres que juegan son unas marimachos.

Lo que te evitan, invita, pensó Clotilde; y les dijo a sus amigas que de alguna forma iría: jugaría a la pelota con ellas. Aunque les aclaró que esa sería su primera vez y esperaba que hubiese muchas más veces. 

 

Corría, ya se había alejado dos cuadras de su casa y parecía que todavía escuchaba la risa de su papá.

 

Y apareció un perro negro. Grandote. Clotilde le tuvo miedo. Frenó. El perro la miró y siguió su camino. El corazón le latió fuerte a Clotilde, no tanto como cuando vio salir de un quiosco al Chicito Flores.

Chicito Flores era un habitué de las tertulias del padre de Clotilde. Era el primero en emborracharse y el primero en gritar pavadas para que toda la banda se riera. Ellos decían que era el chusma de Villa del Dique; que nada se le escapaba a los ojos de Chicito, salvo que estuviera muy chupadazo. A él le gustaba el alcohol, pero decía que le gustaba más emborracharse de historias que de vino tinto, repetía como un mantra: Villa del Dique es un pueblo de cosas inadvertidas y yo estoy para advertirlas.

 

No, ahora qué hago, se dijo Clotilde. Las manos le temblaban: parecía estar viviendo una de esas pesadillas en la que alguien la persigue, está a punto de alcanzarla y se siente como anclada al suelo. El Chicito se acercaba a pasos lentos. Ella sintió que el tiempo se hacía eterno. El tiempo era una tortuga. Las estrellas se ocultaban lentas detrás de las nubes, las hojas de los árboles se movían con una parsimonia que irritaba a Clotilde. Todo por un partido de fútbol. Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros los pecadores, Diosito, por favor, que el Chicito no me vea. Clotilde miró para todos lados, buscaba un escondite, ella sentía que se movía en cámara lenta. Solo quiero jugar a la pelota, se decía, y agarraba con su mano el rosario que le colgaba. ¿Qué le digo al Chicito si me ve? 

Clotilde se quedó parada al lado de un árbol. Agarró una piedra grande. Sus manos temblaban. Mi papá no se tiene que enterar que me escapé, mi papá no se tiene que enterar… se decía… Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros los pecadores…

Chicito buscaba equilibrio para que no se le cayeran las botellas y se sobresaltó cuando vio al perro negro acercarse. Perro, la que te parió, rajá de acá, gritó. El perro ladró, Chicito aceleró el ritmo y pasó al lado de Clotilde.

 

Clotilde suspiró.

Gracias, Diosito, prometo dedicarte un gol, dijo en medio de sus rezos.

Dobló por la esquina de la Terminal. La noche estaba oscura. Los críos habían roto todas las lámparas. Hacía unos días el intendente había ido a la radio del pueblo a pedir que por favor cuidaran lo que era de todos. Esa noche, Clotilde agradeció las lámparas rotas. 

Ya con pasos más lentos, hizo la última cuadra. Sus latidos se calmaban. Seguía, cada paso parecía durar demasiado, sentía los pies pesados, algo le molestaba: el tiempo, la risa de su papá y sus amigotes, el olor a alcohol del Chicito Flores. No era justo, se decía. Le ardió una rabia en el pecho, chiquita, pero firme. Rabia de adolescente, rabia contra ese mundo que no la dejaba jugar libre, rabia contra el tiempo que parecía detenerla. Se dijo que no iba a ser una tortuga, que podía ser otra cosa, algo que corre y no se deja atrapar, y volvió a correr hasta que llegó al Fray Mamerto Esquiú. Vio a la Susana Siampichetti y sonrió. 

 

Mirá lo que tengo. Se la afané a mi hermano. Si la vamo a hacer, la hacemo bien, le dijo Susana mientras le mostraba una pelota de fútbol Tango nuevita.

Luego le dijo: Vení.

Clotilde fue tras Susana.

 

Y jugaron el juego prohibido.

Clotilde tocó la pelota con el empeine y fue como si el mundo obedeciera por un segundo a la curva de su pie: obediencia mínima, fugaz, pero eficiente. Susana la recibió y lanzó una risa breve, suelta, un pase, la amistad en un pase. El pase volvió, redondo, dócil, Clotilde corrió detrás de la pelota sin pensar. Era una corrida distinta a la de antes, esta era con la pelota en los pies y con la posibilidad de existir en un espacio que su papá le negaba. Cuando llegó al arco contrario, enfrentó a la arquera. En el último suspiro de alegría otra alegría: las cosas del destino: agazapada entre los dos buzos que hacían de arco estaba la Romina Flores, sí, la hija del Chicito. Se miraron a los ojos en una centésima de segundos, y le tocó la pelota con sutileza, como una travesura en misa, por debajo de la pierna. La pelota entró al arco como pidiendo permiso, sin violencia ni estruendo. Golazo. Golazo celebrado con picardía, como con revancha. Fueron un par de horas de pases mal hechos y algunos cañitos, de voleas y remates cruzados, desordenadas, caóticas, felices…

Jugaron este juego clandestino a su ritmo, 

sin árbitro,

sin silbato,

sin trampa,

sin tiempo; querían –ella, Clotilde, quería – que no terminara nunca: sentían que estaban destinadas desde siempre para ese juego. 

El partido terminó con otro gol de Clotilde, esta vez de palomita. Sintió que eso era ser feliz.

 

Al regresar, volvió a tomar una piedra: la noche estaba oscura, se quería proteger. Ladridos a lo lejos. Clotilde quería caminar rápido, pero algo le impedía. Sentía que debía disfrutar aún más lo que acaba de vivir: se prometía volver a hacerlo. Al llegar a su casa, la ventana de su habitación había sido cerrada. 

 

Clotilde siempre odió al Chicito Flores. Su papá la esperaba para cagarla a palos. Ella entró con la certeza de lo que venía, con la respiración contenida; y antes de que él le levantara la mano, como tantas veces, alzó la piedra, áspera y fría. El aire se quebró y fue más pesado que los golpes que nunca llegaron. Lo que ocurrió esa madrugada aún late como una marca invisible en su memoria.

Aunque lo que más recuerda es que esa noche se rió mucho, gritó goles, se abrazó con sus amigas. Fue la primera y única vez que jugó a la pelota y lo sintió tan bien.

Risas,

risas…risas…

Las hijas de la Susana juegan a los penales. Una patea, la otra va al arco. Gritan goles, se ríen. Qué envidia, vuelve a decir, doña Clotilde que las mira desde su ventana.

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