
“Te volví a ver, vieja”: la memoria y la infancia en un cuento de Marcos J. Villalobo
Mario Pablo López

Un objeto, un recuerdo y el paso del tiempo
En “Te volví a ver, vieja”, Marcos J. Villalobo propone un viaje breve pero intenso hacia la infancia, construido desde la mirada de un adulto que se enfrenta, casi por accidente, con un símbolo de su pasado. El texto avanza entre la introspección, la culpa exagerada y la ternura, hasta revelar que aquello que parecía una pérdida irreparable no era solo un objeto, sino una parte esencial de la identidad. A partir de ese instante mínimo, el autor despliega un relato donde la memoria personal, el barrio, el juego y el fútbol funcionan como hilos que conectan el presente con una niñez que sigue latiendo.

Te volví a ver, vieja
Por: Marcos J. Villalobo
Recuerdo ese instante. Parecía tan decadente, me sentía afligido, y ahora no puedo comprender haberme sentido así. Para mi es una añeja anécdota, aunque el desenlace fue tan raro que me dolió. Se coronó con lágrimas; y también con dos vasos de vino tinto puro.
No tengo remordimientos, es por eso que lo cuento. Aunque no cometí un delito.
Me sentí un infeliz. Muchas veces me sentí así, pero en ese momento creí que era el tipo más desdichado. Interrogué a los sentimientos, litigué con mis creencias e imaginé figuras cadavéricas. Hoy lo recuerdo y me asombro. Tal vez, transgredí mis emociones y me culpé demasiado. Pero es que estaba enajenado y el encierro, en mi habitación, con mis demonios delató ese instante, que fue justamente un instante; pero repugnante para ese entonces. No es un grato recuerdo. Ahora lo cuento para descargarme y por el desenlace.
Había dormido gran parte de la tarde. La siesta en los pueblos es sagrada, pero ese día descarrilé y dormí de más. Me levanté desorientado, sí como dice mi hermano “más desorientado que perro en cancha de bochas”.
Y salí a caminar sin ni siquiera haberme lavado la cara.
Caminé. Hasta que vi esa imagen.
Fue un accidente. No debí haber estado en ese lugar; pero estaba. Y la vi, la volví a ver. A ella, a quien había “extraviado” de pequeño.
La recuerdo por sus marcas. Estaba diferente. Yo también estaba distinto. Todos cambiamos con el paso del tiempo. La vi en la vereda de la antigua casa del barrio. Apoyada sobre un cantero adornado con piedritas blancas y negras. El sentimiento que se me cruzó fue deshonesto, lo admito. Pero era ella; sí, ella. Desgastada por los años, pero ella al fin.
Me quedé detenido en el tiempo y recordé cuando la acariciaba. Eran detalles que le gustaban. Me desvivía por ella y ahora la volvía a ver, estaba ahí: capturé aquellas antiguas y simpáticas tardes de sol donde nos sentíamos únicos, por más que hubiera mucha gente a nuestro alrededor. Todos la deseaban, siempre fue así. Los dos. Nosotros dos, despreocupados.
Recuerdo que estaba determinado a tomarla con mis manos y fugarme. Era osado, pero no creo que valeroso. Por ende, me quedé varios minutos observándola. Ella estaba indiferente, aunque yo creía, y estaba seguro, que con esa indiferencia me provocaba.
¡Cómo nos divertíamos juntos! Nunca nos aburríamos. Por eso el recuerdo; y ese instante ingrato cuando decidí tomarme los dos vasos de vino puro para tratar de olvidarme. Empero, olvidarla no se puede. Hoy digo que fue un momento en el que dialogué entre recuerdos de infante y la realidad de adulto.
Reitero que di muchos rodeos, y quise robarla. Otra vez para mí.
Si había sido mía. Yo recordaba esas líneas, esas pequeñas marcas tan precisas en su figura.
Hasta que llegó él y la abrazó.
Fue un impacto.
Observé que no era tan expresivo como había sido yo en su momento. No lo vi convincente. Habrán sido los celos y por eso lo digo. Esa noche me sentí tan mal. Quería eliminarla de mis recuerdos. Aunque, repito, eso nunca pasará; porque los bellos recuerdos de la infancia no se olvidan.
Era mi pelota favorita. Y la había perdido en una apuesta con el José Arizmendi. Ese maldito clásico. Los goles del “Bati” todavía resuenan en mis oídos, pero no por perder aquel partido 4-3, sino porque al otro día tuve que desprenderme de mi pelota de fútbol.
Esa es la razón por la que me sentí tan mal aquella noche al recordar que por ese perverso clásico había perdido mi “fútbol”.
Sí, fue exagerado, excesivo. Hoy lo admito. Pero ese instante en que casi le robo la pelota de cuero al hijo del José fue muy raro. Es que el José se mudó de barrio a los dos días de “obtener” mi pelota. Y se la llevó, y nunca más pude jugar con ella.
Pero fue un instante.
Aquel instante que me sentí extraviado de ideas.
Al otro día de aquella noche desdichada se jugaba una nueva edición del clásico. Esa mañana me levanté temprano, decidido y la vida me regaló una nueva oportunidad. El tren a veces pasa más de una vez. Y lo vi al José Arizmendi, y le volví a apostar. No podía dar marcha atrás. Claro que aceptó. Era esa vieja pelota a cambio de una nuevita, linda, de marca, de esas que usan los profesionales.
Esa tarde la recuerdo con lágrimas, porque Pablo Aimar y Juan Pablo Ángel me devolvieron mi vieja y amada pelota de fútbol.
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