
“¿Viste cómo juega Mastantuono?”: el nuevo cuento de Marcos J. Villalobo en calamuchitaenlinea.info donde los recuerdos aún laten en Rumipal
Mario Pablo LópezEn un espacio tan común como una carnicería, dos personajes se cruzan y retoman, sin planearlo, un vínculo suspendido en el tiempo. Tito y Gina no solo comparten recuerdos de Villa Rumipal, sino también el peso de una historia en pausa. Con una frase que parece casual —“¿Viste cómo juega Mastantuono?”— se inicia un relato donde la memoria, el dolor y la posibilidad de volver se entrelazan con la naturalidad de lo cotidiano.



¿Viste cómo juega Mastantuono?
Por: Marcos J. Villalobo
“Era imposible dejar de percibir en el acento de sus palabras las esperanzas de un corazón, sin saberlo, apasionado”. (Eugénie Grandet, Honore de Balzac)

El hombre que entró a la carnicería se llama Roberto Raúl del Carmen Paredes, pero le dicen Tito. Viene los martes y compra siete bifes de hígado.
Es profesor de Historia. Da clases en el colegio secundario que está a unas cuadras de la carnicería. Cada vez que entra, cuenta sobre la película que vio el último fin de semana: que Han Solo estaba enamorado de la princesa Leia, que Spoke era más que un vulcano lógico, que Samsagaz Gamyi es el mejor amigo que uno pueda soñar, que Yeni es la peor villana de la historia, o que su Batman favorito es Cristian Bale; pero este martes me sorprende:
— ¿Viste cómo juega Mastantuono?
La señora que entró después de Tito es Gina. Ella suele venir los miércoles, pero vino hoy. Suele comprar carne molida y pide menudos para sus perros. Gina tiene seis perros en su casa. Siempre cuenta que el Elvis se portó mal, que lo mordió al Rafael, o que al Ringo le gusta mover la cola al igual que Sting, pero que Palito y Sandro son los más mimados. Cuando Tito dijo lo de Mastantuono, ella me miró con cara de pocos amigos, y se anticipó:
— Sí, lo vi, es el futuro de nuestra Selección. El gol que le hizo a Boca de tiro libre fue una cosa de locos, yo se lo comenté al Ringo, y el Ringo me movió la cola, como si él también opinara lo mismo.
Silencio irregular. Incomodidad. Hoy no prendí la radio. Una eternidad parece transcurrir.
— No te veía desde... —dice él, y se aclara la garganta.
— … Desde lo de la Rocío. El velorio.
— Sí. Fue en febrero.
— 14 de febrero...
Silencio. Yo los escucho mientras busco el hígado. Un ventilador viejo zumba desde arriba. Ella mira la pared como si una obra de arte colgara, pero no hay ningún cuadro pintado por un artista, sino una foto de un caballo de carrera junto a su jinete; es un retrato que me regaló un cliente.
— Hoy hablaban de Villa Rumipal en el noticiero —dice Gina.
— Ah, ¿sí?
— Decían que está bajando el nivel del lago. Que casi no se puede navegar en algunas partes.
— Cómo le gusta decir boludeses a los medios. Eso pasa cada tanto. Después vuelve.
— ¿Vos seguís yendo?
— Sí. Cuando puedo. Me quedé con la cabaña. La pinté hace poco.
— ¿Qué color?
— Un gris clarito. Casi blanco. Me gustó cómo quedó. A vos te gustaría.
Veo que Gina, por fin, lo mira. Sus ojos son claros, sin brillo. Tiene el pelo recogido.
— Debe estar lindo en invierno.
— Está vacío. Eso es lo mejor. Se escucha todo: los teros, el viento, los perros de lejos. El agua quieta.
— Sí. Así era.
— Podés volver cuando quieras, Gina.
— ¿A qué?
Tito no contesta. Se acerca al mostrador y me indica que ese bife no le dé, y que corte un par más.
— ¿Te acordás de la última vez que fuimos? —le pregunta Tito.
— Mirá si me voy a olvidar, Roberto. Hay cosas que jamás se olvidan. “Como Rumipal, no hay igual”. —sonríe y hace una mueca con sus labios.
— ¿Y te acordás esos partidazos a las naipes?
— Ganaba siempre.
— Mmm… Quizás me dejaba ganar.
— Siempre el mismo, vos.
— Vos te peleaste con él por teléfono. Lloraste en la cocina. Después salimos a caminar por la orilla del lago.
— Sí. Y vos te resbalaste en la piedra esa. Te diste contra el codo.
— No me lo olvido más —ríe —. Todavía tengo la cicatriz.
Gina baja la vista. Yo peso el hígado, pero no descuido el diálogo.
— Qué pueblo lindo y tranquilo —dice ella.
— En los últimos años, Villa Rumipal se puso mucho más lindo, eh. Aunque sí, de los que conocíamos, algunos ya no están y otros envejecieron mal. La vida, Gina, la vida; como nosotros.
— Y vos, ¿cómo estás, Roberto?
—No sé. Extraño. Extraño un poco. Pero lo mismo de siempre adentro: el corazón intacto, Gina.

Tito paga su pedido.
— Y vos, Gina, ¿qué vas a llevar? —pregunta sin mirarla.
— Unos menudos para los perros.
— Ah… — suspira —. Hay un sauce nuevo frente a la cabaña —dice Tito—. Lo plantaron hace poco. Todavía es flaco, pero crece rápido.
—¿Y?
—Nada. Pensé que te gustaría verlo. Ringo y Palito seguro lo disfrutarían.
Gina lo mira por un momento largo. Luego me pide el menudo. Tito se queda como esperando una respuesta. El ventilador sigue zumbando. Yo quiero saber qué va a pasar.
Pero Gina saca la billetera y deja el billete exacto en el mostrador.
—Gracias, querido.
—De nada, Gina.
Ella gira hacia la puerta. Cuando pasa junto a Tito, se detiene apenas, y susurra:
— ¿Vos vas a estar este fin de semana en Rumipal?
— Sí.
— Bien.
Sale sin decir nada más.
Roberto Raúl del Carmen Paredes — Tito — se queda mirando la puerta cerrarse, como si algo pudiera volver a abrirla por sí sola. Después se acerca al mostrador, y me vuelve a preguntar:
— ¿Viste cómo juega el pibe Mastantuono?
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