
“¿Me comprarías la camiseta de Maradona?”: fantasía, gol eterno y viaje en el tiempo en el cuento de Marcos J. Villalobo
Mario Pablo LópezEn “¿Me comprarías la camiseta de Maradona?”, Marcos J. Villalobo sitúa la escena en Embalse y desarrolla un diálogo entre un tío y su sobrino que deriva en un viaje fantástico al 22-6-1986, cuando Diego Armando Maradona marcó ante Selección de Inglaterra en la Copa Mundial de la FIFA México 1986, para mostrar la dimensión social de aquel gol, la celebración colectiva sin teléfonos móviles y el valor simbólico que aún conserva la camiseta argentina con el número 10.



¿Me comprarías la camiseta de Maradona?
Por: Marcos J. Villalobo
Miro el lago y Miqueas juega: salpica… se ríe. Me ve que lo veo, saluda y sigue jugando, intenta nadar; nada de manera brusca y salta agua por el aire. Gotas que caen por toda la playa Maldonado. Los colores primarios resaltan, el aire lustra el lago de Embalse, un benteveo canta con insistencia a coro con el que ofrece pastelitos. Tío, tengo que contarte algo, me dice Miqueas desde lejos.
Estoy bajo la sombra, le digo que se acerque, que mientras se seca me cuente. Sale del agua con una sonrisa.
Te quiero contar algo, pero me tenes que creer.
¿Por qué no te creería?
Ni mi mamá, ni mi papá, ni el Thiago me creen, pero es cierto. Pasó, dice levantando las cejas.
Contame, le digo; y empieza a narrar:
…Estábamos en el club, ya habíamos terminado de entrenar, se habían ido casi todos los chicos y con el Lautaro y el Gael, mis amigos, esperábamos que nos vinieran a buscar. Hablábamos de Pokemón, de Dragon Ball, Spiderman y los superhéroes. Gael decía que él prefería a Batman antes que a Superman. Lautaro le llevaba la contra, siempre le lleva la contra, él decía que Supermán se lo comía en un pancho a Batman, y dale que dale con esa pelea; yo los escuchaba, todos sabemos que Ironman es mejor todos esos; pero, tío, ahí mientras estábamos en esa, el Lautaro contó que su papá decía que su superhéroe era Maradona. Sí, ese que te gusta a vos, la leyenda. El Lautaro contó que su papá le había mostrado videos de Maradona, y no había nadie como él. “Diego Armando Maradona también es un superhéroe”, decía Lautaro que decía su papá. Al Gael y al Lautaro les gusta el fútbol. A mí no me importa el fútbol, voy a fútbol porque mi papá me manda. A mí me gusta el karate. ¿Sabías, tío Marcos, que gané tres medallas de oro en karate? Higueras siempre trae medallas. Bueno, sí, me gusta el karate y no sé quién juega mejor, Messi o Maradona, a mí me gusta el Cuti Romero, pega unas patadas tremendas… El padre del Lautaro, que nos tenía que venir a buscar, no venía, y ellos seguían con la discusión Batman, Spiderman, Supermán, Ironman y Maradona. Les dije: si tuviéramos una máquina del tiempo podríamos ir a ver a Maradona jugar, y nos sacaríamos las dudas. Gael me miró raro. Rarísimo, rarísimo, como miran los personajes malos de Dragon Ball. Lautaro dijo que él tenía un secreto, pero si alguno se reía, no lo contaba. Le prometimos que ninguno se reiría. Tengo una máquina del tiempo en el patio de mi casa, dijo. Solo hicimos una mueca. Y justo llegó el auto rojo del padre del Lautaro. ¿Los llevo a sus casas?, nos preguntó, y los dos le dijimos que no, que Lautaro nos había invitado a merendar. El padre de Lautaro nos guiñó un ojo y manejó hasta Higueras. Nosotros tres íbamos en silencio, solo se escuchaba en la radio una canción de Desakatados. El padre del Lautaro tarareaba. ¿Me estás escuchando, tío? A bueno, sí, a mí tampoco me gusta esos Desakatados, prefiero Banda XXI. Bueno, cuando llegamos a su casa, salimos corriendo hasta el patio trasero. Gael le preguntó: ¿Es verdad lo de la máquina del tiempo? Yo nunca miento, respondió Lautaro y me miró. Yo le dije que nos la mostrara. Fue atrás del sauce, dio diez pasos, los contó uno por uno, y dijo “acá”. Hizo una marca con un palo y se fue a buscar la pala. ¿Miqueas, vos crees que Lautaro está loco?, me preguntó Gael. No, no sé, Lautaro es mi mejor amigo y nunca me dice mentiras, le respondí. Es verdad, tío Marcos, él nunca miente, salvo cuando el padre le pregunta de quién es hincha y le dice que es de Boca, le miente para que le compre regalos, él siempre dice que es hincha de Estudiantes de Río Cuarto. Cuando trajo la pala empezó a cavar. Estaba serio. Nosotros también. Se escuchaba una gallina de fondo. Él tiene muchas gallinas. Cavó un rato y se escuchó un tac tac. Sí, tac tac. No estoy mintiendo, es verdad, no te rías, tío, o no te cuento más. Se escuchó tac tac, dejó la pala, y empezó sacar tierra con las manos. Acá está, dijo. Era una caja de zapatillas Puma. ¿Esa es la máquina del tiempo, Lautaro?, preguntó Gael. Sí, respondió, acá adentro está. La encontré hace como un mes, estaba solo, jugando a la búsqueda del tesoro, y encontré esta caja, la abrí y estaba esta cosa rara llena de botones. Yo no sabía lo que era, pero apreté: 9-7-1816, sin querer y aparecí en la casita de Tucumán, por eso aprobé el examen de Ciencias Sociales con excelente, dijo. A mí me parecía rarísimo, rarísimo, él nunca se había sacado excelente en Ciencias Sociales. Ahora sabía la causa. ¿Causa? Sí, yo conozco esa palabra, tío, me la enseñaron en la escuela. Yo tengo todos excelente. El Lautaro y el Gael también tienen muchos excelentes, pero no tantos como yo ja,ja,ja. Bueno, el Lautaro abrió la caja; y sí, vimos esa cosa llena de botones y números. ¿Qué hacemos?, preguntó Gael. Hay que poner una fecha y nos lleva. Pongamos 22-6-1986, les dije. Eso lo aprendí de vos, tío Marcos, siempre jodes con esa fecha y Maradona, Maradona, Maradona. No como mi papá que habla de Messi. Te hice caso a vos. Bueno, Lautaro nos dijo que nos diéramos la mano y apretó 22-6-1986. Todo se puso blanco. No te rías, que no cuento más. ¿En serio? ¿No te reis? Me enojo, eh... Bueno, se puso todo blanco, blanco y aparecimos en la misma casa de Lautaro, pero no era la casa de Lautaro, era la casa del abuelo de Lautaro. Estaban viendo la tele. Escuchábamos gritos, muchos gritos, está loco, está loco, gritaban, nosotros nos asustamos. ¿Dónde caímos?, dijimos. Tranquilo, Miqueas, no hay que perder la caja de zapatos, me dijo Lautaro. Y vimos que la gente gritaba gol, gol, gol. Lautaro nos dijo que estaríamos solo un minuto en el pasado, y solo en ese minuto vimos gente llorar, gritar, festejar, abrazarse, y decir está loco, está loco, Maradona es el más grande de todos, gritaban. Por los pibes, por los pibes, gritaban. La gente lloraba de alegría. Es un héroe, se escuchaba de lejos. No pudimos verlo jugar, solo vimos a la gente gritar, festejar, festejar mucho. Ah, y sabes, tío, ¿qué me llamaba la atención? Los colores. Parecían distintos. Mmm, me cuesta explicarlo: el aire parecía verde, te juro, había más árboles, sentía que el aire era diferente, era invierno, pero había verde; a los pantalones jean le decían vaqueros y eran de un azul áspero, no como los de ahora, la gente vestía de muchos colores, no solo celeste y blanco. Pero lo que más me sorprendió, tío, es que la gente no se miraba la mano. ¿Qué cómo que no se miraban las manos? Tío, nadie miraba su celular. Tampoco se filmaban. Festejaban y listo. Había humo, olor a leña quemada, autos cuadrados, rarísimos, rarísimos. Parecía que el tiempo iba más despacio. Estuvimos un minuto, yo sentí que fue más… Cuando volvimos, tío, no sé por qué, no pudimos hablar. Cada uno volvió a su casa. Yo esa noche soñé que quería ir al futuro. Al otro día, cuando nos volvimos a ver en el club, Gael traía una camiseta de Argentina, con la 10 de Maradona.
¿Y no volvieron a usar la máquina del tiempo?, le pregunto.
¿Para qué, tío?, dice Miqueas, me guiña el ojo y, antes de volver a meterse al lago, me pregunta: ¿Me comprarías la camiseta de Maradona?
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