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“Envolver tu amor”: el relato de Marcos Villalobo donde un partido de fútbol, el río y la soledad se cruzan en una tarde cordobesa

El cuento “Envolver tu amor”, de Marcos J. Villalobo, combina el paisaje serrano, el eco de un partido entre Náutico Rumipal y Atlético Ascasubi y la introspección de una mujer que busca silencio mientras todo a su alrededor sigue en movimiento.

11 de noviembre de 2025Mario Pablo LópezMario Pablo López

Una historia donde el paisaje se vuelve refugio y espejo del alma

En este relato breve, Marcos Villalobo propone una pausa, un instante suspendido entre la rutina y la memoria. A través de la mirada de Valeria, el texto se adentra en lo cotidiano: un río, una radio encendida, un perro blanco y el eco de un partido de fútbol que persiste en el aire. En ese entorno, el autor construye un retrato sensible de la soledad y la conexión con lo simple, donde el silencio dice más que las palabras.

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                                                Envolver tu amor

                                             Por: Marcos J. Villalobo

 

“… con tanta prisa o ninguna como el que sabe que tiene la eternidad para mirarse”. (Árboles petrificados, Amparo Dávila).

Valeria estacionó el auto junto al puente Las Vacas y caminó hasta el río. Del otro lado se veía el lago manso. Encontró un árbol que apenas daba sombra, abrió la reposera y se sentó. Había dormido mal y parecía agotada. Sacó una botella de agua, bebió un sorbo y pensó en su casa; su casa callada; y cómo ese silencio era más ruidoso que cualquier cosa.

Bajo la sombra de ese árbol, intentó recostarse. Cerró los ojos. Una mosca se posó sobre su nariz aguileña. Valeria trató de espantarla con las manos, y se golpeó sola. Respiró profundo y contó hasta diez.

 

Del otro lado del puente oyó un zumbido. Pensó que era su cabeza. Pero no: alguien había dejado una radio encendida.

Un relator deportivo intentaba ponerle emoción a un partido entre el Náutico Rumipal y Atlético Ascasubi. Valeria sonrió: era el partido que se estaba jugando a una cuadra de su casa y del cual ella escapaba.

Pero el partido parecía perseguirla.

Ojalá pierdan esos giles, pensó en voz alta.

Un minuto después escuchó el alarido de un gol; con una interferencia constante se escuchaba de fondo bocinas, el viento en el micrófono… Valeria se frotó la frente y vio que más allá había otro árbol con sombra. Y hasta allá fue; desde ahí ya no se escucharía la radio.

 

El agua del río seguía su rumbo, al igual que las agujas del reloj y la sombra del árbol. Logró dormirse, pero fueron solo unos minutos: soñó con su hermano.

Pero al sentir un líquido caliente en sus tobillos la hizo despertar. Valeria pegó un salto y vio como un perro blanco se sobresaltaba más. El pichichu se quedó mirándola con ojos tristes.

Rajá de acá, perro de mierda, me miaste toda, le gritó con bronca. El perro blanco no hizo caso y se acercó a ella, le olfateó los zapatos y luego la lamió.

¡Andate!, volvió a decir, pero sin fuerza, con un hilito de voz. El perro blanco se estiró y se acostó a lado de la reposera.

Valeria miro su celular: sin señal. Lo levantó, dio un paso, dos, tres, buscando alguna raya en la pantalla. Nada. Ni una barra. Y le sacó una foto al perro blanco. 

 

Un auto rojo se acercaba al puente, con la música a todo volumen. Pero cuando pasó por el puente, la música cambió a la misma transmisión del partido del Náutico con Ascasubi. “Se juegan los minutos finales de un partido que quedará en la historia de la Liga, un juego lleno de condimentos…”, gritaba el relator. Pero a los segundos ya no se escuchó más.

Valeria pensó en su hermano: él seguro hubiese estado en la cancha, alentando a su equipo. 

Cómo te extraño, dijo. 

El perro blanco se paró y se le acercó a su pie. Valeria tomó otro trago de agua. Cada vez había menos sombra. Analizó volver a su auto, en prender el aire acondicionado. Pero no quería regresar, no todavía. Quería quedarse hasta que anocheciera, aunque no sabía por qué. Volver a la casa silenciosa, por ahora, no era una opción.

 

Miró el río: el agua se movía: le pareció ver una mojarrita saltar. Unos pájaros revoloteaban entre las ramas, cayeron un par de hojas. Valeria observó el paisaje: sierras, verdes, árboles, troncos; en uno de los troncos vio a un hornero. Chiquito, movedizo, que saltaba, caminaba, revoloteaba; entraba y salía de su casa. Valeria agudizó la mirada: el hornero construía su nido, y a los segundos llegó su pareja. Saltaban, caminaban, revoloteaban y entraron a su casita del amor.

 

Los minutos pasaron. Notó que sus manos le transpiraban. Se secó con la blusa. Se paró y caminó hasta donde estaba el viejo calvo con la radio encendida.

¿Terminó el partido?, preguntó Valeria.

El viejo calvo la miró. En una mano tenía un pastelito mordido; en la otra, una botella chica de coca-cola. Sí, perdimos, dijo y apagó la radio.

¿Quién perdió?, preguntó Valeria.

El viejo calvo la observó de arriba abajo, sorbió ruidosamente, por la pajita, el fondo de la botella, y no le respondió. 

Valeria volvió hasta su reposera. La gente está rota, se dijo, tomó otro vaso de agua y acarició al perro blanco.

El teléfono vibró. Cuando miró, no era un mensaje. Solo la batería agotándose.

 

Se quedó allí, mirando el río, mientras el perro blanco dormía a su lado.

No pasó nada más.

 

Cuando el sol empezó a caer, Valeria volvió a su auto y regresó a Villa Rumipal. En la entrada al pueblo, se cruzó con su prima Romina. 

¿Cómo salió el partido?, le preguntó.

Fue un partidazo. Ganamos sobre la hora, dijo Romina.

Valeria miró al cielo, 

y apenas sonrió.

FIN.

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