
"Cholinda, creada para jugar" – Un nuevo relato de Marcos Villalobo para Calamuchita en Línea con paisajes de Segunda Usina
Te invitamos a sumergirte en esta historia con fotos que reflejan la belleza del lugar, disponible en Calamuchita en Línea, y a redescubrir la belleza de jugar, crear y soñar sin límites.


Cholinda, creada para jugar
Por: Marcos J. Villalobo
“No hay barrera, cerradura, ni cerrojo que puedas
imponer a la libertad de mi mente”
(Una habitación propia. Virginia Woolf)
El sol caía a plomo sobre la Segunda Usina, el río brillaba como un espejo roto, y en la orilla, entre piedras y sauces, estaban Mariela y Pamela, descalzas, con las rodillas llenas de barro y el alma rebosante de invenciones. Tenían las manos manchadas de marrón, pegoteadas, y en ese amasijo blando encontraban la libertad de crear lo que quisieran, porque el barro era mágico, pensaban, podía ser cualquier cosa: una casita de paredes torcidas, un caballito con las patas chuecas, una pelota achatada; el barro nunca se dejaba del todo, tenía vida propia, o eso parecía.

Foto: Calamuchitaenlinea
A orillas del río, antes del muro, ellas sabían que estaba el mejor barro del mundo: maleable, pastoso, frio, delicado. Sus menudas manos lo tomaban e imaginaban formas vivas. Cavaban con los pequeños dedos aquella tierra lavada. Primero habían pensado en hacer un castillo, pero recordaron la última vez, cuando el agua, con la indiferencia de siempre, lo había destrozado en cuestión de minutos. Después se entusiasmaron con la idea de un parque de diversiones como el que habían visto por la tele, pero rápido lo desestimaron. Solían hacer caballos, pajaritos, perros, barcos, aviones, niños que juegan, maestras que enseñan, doctores que sanan, casitas felices, guitarras y flautas.
Pamela dijo de hacer una cancha, y trazaron con palitos unas líneas torcidas pero llenas de intención, los arcos hechos con barro extra para que no se cayeran… una canchita lista para un partido como el que a ellas les gustaría jugar, pero no las dejaban. Con el barro ellas eran libres de jugar, volar, imaginar, proyectar, soñar, reír…
El canto de un benteveo interrumpió sus pensamientos, suave, ligero, y por un momento las dos se quedaron quietas, mirando hacia los árboles donde el aire se llenaba de música, como si el mundo entero se hubiera detenido a escuchar.
Entre juego y juego, hicieron una muñeca.

Foto: Calamuchitaenlinea
Amasaban, amasaban y amasaban el barro: jugaban sin miedo a ensuciarse; Mariela comenzó a modelarle el cuerpo pequeño a la muñeca, mientras Pamela le hacia las piernas y los brazos, y a los pies les hizo botines: ¡la muñeca era una futbolista! Ambas sonrieron y coincidieron que la muñeca futbolista también necesitaba una amplia sonrisa: le dibujaron una sonrisa torcida con un palo y dos ojos que parecían mirar lejos, lejos, lejos, lejos, muy lejos, como si supiera algo que ellas no sabían, te llamarás Cholinda, dijo Mariela, porque sí, porque así se le ocurrió, y Pamela aceptó, y Cholinda se quedó mirando el río deseando que ocurriera algo.
Ellas, con esa sensación íntima del contacto con la tierra húmeda, y el encanto de la creación, de lo desconocido por conocer, de los pequeños charcos, las caprichosas gotas, los pajaritos que volaban y batían sus alas; ellas y la inspiración y el viaje. Los cabellos mojados y caídos, los contornos de las sombras, las frentes fruncidas, los ojos bien abiertos, el corazón latiendo; los dedos paseando distraídos, los vestidos floreados embarrados, las nubes blancas que se deshacían, corriendo sueltas por el cielo cordobés; colores y sonidos… atontada embriaguez, pensamientos pletóricos, dulce torbellino del paisaje y la infancia. Un cielo puro. Una realidad innegable: todo era libre. Dedos infantiles que aman el barro, lo moldean, lo transforman, lo viven, lo atesoran, y chapotean, presionan, pellizcan, y el barro que se rendía ante esa inocente imaginación. El barro no era solo barro: era el universo en las manos de estas niñas.

Foto: Calamuchitaenlinea
Entonces, se pusieron con los detalles, trabajaron con precisión, las piernas fuertes, el torso sólido, los brazos preparados para cualquier embate, y la cabeza coronada por un pequeño trencito de tierra húmeda que caía con elegancia. Era una muñeca, pero no cualquier muñeca, no una cualquiera que se quedara inmóvil en la orilla. Fresca y creada por la ternura y delicadeza de Mariela y Pamela: un derroche de ímpetu mágico.
A Cholinda, además del nombre, le obsequiaron un destino: defensora central izquierda, la mejor de todas, la que no dejaría pasar a ninguna delantera derecha, por ágil o prepotente que fuera. Cholinda, estaba lista para enfrentarse a cualquier rival, al barro, al río, al mundo.

Foto: Calamuchitaenlinea
Pamela pensó que una muñeca sin pelota no tenía sentido, y con un pedazo de barro moldeó una esfera, se la pegó en los pies, y ahí estuvo Cholinda, lista para jugar, aunque claro, solo era un pedazo de barro, una muñeca cualquiera, hasta que dejó de serlo.
Cuando la ubicaron en el centro de la cancha, un pequeño temblor recorrió su cuerpo de barro, un movimiento casi imperceptible que las hizo detenerse, incrédulas, pero allí estaba, clara como el día, Cholinda moviendo una pierna, girando la cabeza, abriendo los ojos como si de pronto hubiera despertado de un laaaargo sueño.

Foto: Calamuchitaenlinea
Y Cholinda comenzó a jugar, y Cholinda tenía el toque más mágico que esas niñas habían visto en su vida, saltaba, pateaba, ejecutaba un caño, una bicicleta, un sombrerito, todo lo hacía con gracia, las niñas la miraban asombradas, comprendiendo que su creación no era de este mundo, pero qué importaba, estaban ahí, junto al río, bajo el cielo inmenso de Calamuchita, llenándose los pies de barro, de risas, de algo que parecía infinito. Un partido sin rivales, sin árbitros, solo con la risa de las nenas, el canto lejano de un zorzal y el sonido del barro bajo los pies. Cholinda, con movimientos estéticos, postura artística, improvisación, pies ligeros, llenaba de gracia la escena: poseía una habilidad tan precisa que parecía imposible que fuera obra de dos manos infantiles y un poco de tierra húmeda.
La tarde pasó sin noción del tiempo, entre jugadas y risas, entre goles imaginarios y gritos de victoria que el viento arrastraba hacia el agua. Pero entonces, cuando el sol comenzó a bajar y el cielo se pintó de naranja, Cholinda se detuvo. Con una calma que parecía venir de otra época, miró hacia el horizonte, como si algo la llamara desde lejos. Sin decirlo, quedó claro que Cholinda no se quedaría allí. Había algo en su postura, en la forma en que miraba más allá del río, que hablaba de estadios, de luces, de multitudes coreando su nombre. Pero también había en sus movimientos una certeza, una promesa de que, por más lejos que fuera, siempre llevaría con ella el barro, el río, ese rincón del mundo donde todo comenzó.

Foto: Calamuchitaenlinea
Las nenas la vieron alejarse, despacio, con cada paso desdibujándose un poco más el horizonte, hasta que solo quedó el eco de sus movimientos en el aire, el canto lejano de un hornero y el río, que seguía corriendo como si nada hubiera pasado. Mariela y Pamela se quedaron quietas, mirando el lugar donde Cholinda había estado, sintiendo que algo se había transformado; y entonces, como quien intenta llenar un vacío, volvieron a sus rodillas, a sus manos embarradas, a esa cancha que siempre podía rehacerse, porque al final el barro, como el río, siempre está.






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