
Marcos J. Villalobo y una pausa en la cima de los Comechingones para mirar el paisaje entre Merlo y Calamuchita
Durante una visita a Villa de Merlo, considerada una ciudad hermana de la región de Calamuchita, el periodista Marcos J. Villalobo se tomó un momento para detenerse en la cima de las sierras de los Comechingones. Desde allí, entre el viento, el silencio y una vista que conecta dos provincias, nació una reflexión profunda sobre el paisaje, la historia y el presente de Argentina. El siguiente texto propone ese viaje interior, donde la naturaleza y la identidad del país se encuentran.



Pensarnos desde la cima de las sierras de los Comechingones
En nuestra visita por Villa de Merlo, ciudad hermana de Calamuchita, nos tomamos un tiempo para contemplar el paisaje que nos abraza.
Por: Marcos J. Villalobo
Me siento. Una roca basta. Respiro: inhalo, exhalo. Aire puro.
El viento me despeina las ideas, las sacude, las ordena y las vuelve a desordenar, y yo dejo que pase, que la brisa roce la cara, que traiga sonidos mínimos, hojas que se rozan, un ave que no veo, el silencio que arrulla. Estoy en la cima de las sierras de Los comechingones, y el nombre ya pesa.
Respiro: inhalo, exhalo. Sentado, quieto, miro. Y mirar acá no es solo usar los ojos, es usar el tiempo. Hacia un lado, muy lejos, casi tímida, la urbanización se insinúa, pequeña, ordenada, como si no quisiera molestar; casas diminutas, techos rojos, calles que brillan apenas, la presencia humana reducida a un murmullo. Hacia el otro, los lagos cordobeses se abren como espejos calmos. Allá está Calamuchita. Mi casa. Sonrisa. La pausa.
Pienso en Argentina. Así. En seco. Pienso en lo que fue, en lo que es, lo que duele, y reflexiono, no como un discurso, sino como sensación. Y el paisaje sigue ahí, inalterable, paciente, enseñando sin decir; y entiendo que este país se parece mucho a esto que veo, a esta mezcla de vastedad y detalle, de promesa y desgaste, de belleza que insiste incluso después de los golpes. “Mire que lindo es mi país, paisano”, cantaba don Argentino Luna, y las repito mientras veo Villa de Merlo. El viento vuelve. Fuerte. Después afloja.
Pasado, presente y el futuro que se insinúa como ese horizonte que no termina nunca, que se corre a medida que uno camina, y todo eso convive acá arriba sin conflicto, como conviven el verde salvaje y la marca humana, como conviven la piedra milenaria y mi cuerpo cansado apoyado en ella. Mara, la guía, me habla primero de Damiana Vega y su leyenda. Su casita que se ve a lo lejos, y sus años que se inmortalizaron en anécdotas entre los vecinos y corren con su arroyo. Luego, me hablan de un tal Vasco, y las gallinas que se alborotan en esa cumbre increíble. Dos cóndores nos observan desde lejos. Alguien saca una foto.
Estoy en Villa de Merlo, San Luis, me lo digo para anclarme, para no olvidar que este lugar tiene nombre, que este viento también pertenece a alguien, que estas cumbres guardan memoria, la de los pueblos que estuvieron antes, la de los comechingones que caminaron estas alturas sin apuro, leyendo el clima, escuchando la tierra, siendo parte de la naturaleza.

Entonces, cierro los ojos. Escucho. Respiro: inhalo y exhalo. Pienso en el poeta Antonio Esteban Agüero, prócer de la ciudad que está allá, y pienso en su mirada limpia, en su manera de decir lo esencial sin levantar la voz. Cómo me gustaría escribir como él y recitar palabras musicalizada por las aves y que viajen por Villa de Merlo, crucen la sierra y lleguen a Calamuchita. Lo intento, sonrío: respiro; inhalo, exhalo.
Abro los ojos. Sigo sentado. No hay apuro. Verde, mucho verde, como mis pagos. Sonidos calmos, tierra mansa. Allá Villa de Merlo, que estoy visitando junto a Calamuchita en Línea, y veo una ciudad que crece: viva, humana. Desde esta cima de las sierras, donde me susurran nombres como Balcón de los sueños, las historias de los Godoy y los Romero, Cabeza del Indio, Cabeza del águila, No tire Godoy, Cerro de las ovejas, arroyo Piedra Blanca, la casa del Poeta, Avenida del Sol, Biblioteca Poeta Lugones, Algarrobo abuelo... me recuerda que todo pasa, que todo queda, que Argentina también es esto, alejada de los ruidos y las noticias ingratas. Me hago preguntas. Sonrío.
Y yo sigo acá, en la roca, dejando que el paisaje haga su trabajo, que la belleza actúe sin promesas. Villa de Merlo, San Luis, por un lado; Calamuchita, Córdoba, por el otro. Argentina, mire qué lindo es mi país, paisano.

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