
Treinta años de la Cumbrecita Pueblo Peatonal: conciencia ambiental, un plebiscito y un proyecto autofinanciado desde cero
Natalia Meli

En el lugar justo, en el momento justo
Hay proyectos que nacen en una oficina. Otros, en cambio, surgen caminando. Hace treinta años, Pablo Sgubini llegó a La Cumbrecita con un título de Licenciado en Turismo recién obtenido, una mochila y una carpa. No traía un plan cerrado ni un cargo público. Traía una manera distinta de observar los destinos turísticos.
Acampó en el predio de Lila Cultural, compartió largas charlas con su creador, Archie, caminó durante días por el pueblo y escuchó atentamente a vecinos, comerciantes y visitantes. Mientras muchos veían un destino en crecimiento, él advirtió otra cosa: el éxito turístico estaba poniendo en riesgo aquello que hacía especial a La Cumbrecita. Treinta años después, aquella mirada sigue definiendo la identidad del pueblo.

Escuchar para proponer
Sgubini llegó apenas terminada la Semana Santa de 1996. El balance era contradictorio. La cantidad de visitantes aumentaba, pero también los problemas. "Se llenó de autos y se crearon embotellamientos. En un momento no podía salir ni entrar nadie", recuerda. Los vehículos ocupaban calles y senderos, estacionaban frente a las viviendas, aumentaban los residuos y hasta se llevaban helechos y pequeños pinos como recuerdos naturales.
Antes de plantear una solución, decidió comprender qué estaba ocurriendo. Caminó el pueblo, conversó con la gente y descubrió que convivían dos formas muy distintas de turismo: quienes llegaban apenas unas horas y quienes elegían hospedarse para disfrutar de la tranquilidad del lugar.
Fue entonces cuando apareció una idea que, para la época, parecía casi una provocación: "Yo lo haría peatonal. Ustedes son punto terminal de un camino." La propuesta rompía con la lógica dominante. Mientras el automóvil era símbolo de progreso, Sgubini proponía exactamente lo contrario: devolverle el protagonismo al caminante.
Los excursionistas dejarían sus vehículos fuera del casco urbano durante el día. Los huéspedes podrían ingresar para descargar equipaje, pero luego estacionarían hasta finalizar su estadía. El recorrido volvería a hacerse a pie. "Era hermoso. Olías los perfumes de la salamandra, los olores a torta, las hojas de los árboles que se caían, podías ver los jardines. Era más lindo hacerlo caminando que en vehículo", recuerda.

El encuentro que cambió la historia
Sin embargo, era difícil hacer escuchar la propuesta. Después de varios días de conversaciones y de comunicar ideas, Sgubini se quedó sin dinero y decidió regresar haciendo dedo. Entonces ocurrió una casualidad que terminaría siendo decisiva.
Una camioneta Ford se detuvo sobre el puente. "Mi nombre es Ismael", me dice, "soy el intendente del pueblo". Durante las dos horas de viaje hasta Alta Gracia, Sgubini explicó su proyecto con una convicción que todavía recuerda. No solo describió cómo funcionaría el pueblo peatonal. También llevó una propuesta económica. "Se va a autofinanciar el proyecto, la comuna no va a tener que erogar ningún dinero y yo voy a ir a porcentaje."
El entonces presidente comunal, Ismael Giménez, también recuerda aquel encuentro como un punto de inflexión. "Yo estaba realmente preocupado por la situación que tenía la comunidad y vos, recién recibido y con mucha pasión, me transmitías en trazos gruesos una idea."
Reconoce que existían antecedentes y debates previos impulsados por vecinos como Carlos Valenta, pero sostiene que el proyecto de Sgubini logró convertir esas inquietudes en un modelo concreto.
"Tu proyecto, que después se afinó y se pulió, trajo esto que pudimos consolidar hasta el día de hoy: el pueblo peatonal."

Una transformación construida entre todos
La aprobación política no alcanzaba. Había que convencer al pueblo. Durante semanas se realizaron reuniones con hoteleros, comerciantes, trabajadores y vecinos. La propuesta se discutió artículo por artículo hasta desembocar en una asamblea histórica. "Setenta familias a favor y tres en contra. Fue un plebiscito social de palabra que era más importante que la ley."
Aquella decisión colectiva fue mucho más que una ordenanza. El proyecto incorporó estacionamientos externos, autos eléctricos para personas mayores, embarazadas y visitantes con movilidad reducida, programas de educación ambiental, capacitación para guías y guardaambientes y una fuerte apuesta por una nueva manera de recibir al turista.
Empresas privadas como Roemmers y Quilmes aportaron infraestructura, cestos de residuos y los primeros vehículos eléctricos, permitiendo que el sistema naciera sin generar costos para la comuna.
Los resultados llegaron rápidamente. "Tuvimos un 95% de satisfacción en huéspedes excursionistas y un 90% de aceptación del pueblo peatonal en el residente." Pero el cambio no fue solamente estadístico. Los visitantes dejaron de permanecer una hora para quedarse cuatro o seis. Caminar significó detenerse frente a las vidrieras, descubrir los senderos, ingresar a los restaurantes, conversar con los artesanos y volver a escuchar el sonido del bosque.


Mucho más que cerrar las calles
El pueblo peatonal nunca fue solamente una restricción vehicular. Fue una nueva manera de pensar el turismo. Los ingresos del sistema ayudaron incluso a sostener otros proyectos comunitarios, como la naciente escuela secundaria.
Al mismo tiempo surgieron campañas de reciclado, programas de educación ambiental, ecoguías, guardas ambientales y acciones de protección de flora y fauna. Los primeros uniformes de quienes trabajaban en el proyecto fueron color lila, como homenaje al espacio cultural donde nació buena parte de aquellas conversaciones. La peatonalización terminó convirtiéndose en una forma distinta de entender la relación entre turismo, comunidad y naturaleza.


Treinta años después: celebrar también implica revisar
Tres décadas más tarde, el pueblo peatonal sigue siendo el rasgo más distintivo de La Cumbrecita y uno de los principales motivos por los cuales miles de visitantes la eligen cada año. Sin embargo, muchos de sus protagonistas coinciden en que el proyecto necesita una nueva etapa.
"Lo importante fue que lo mantuvieron, pero hoy estamos administrando una playa; no estamos explotando el ser pueblo peatonal", reflexiona Ismael Giménez. "Hay que darle una nueva frescura a la idea."
Sgubini comparte ese diagnóstico. Recuerda que el proyecto original hablaba de límites al crecimiento, conciencia ecológica, hospitalidad, capacitación permanente y participación comunitaria.
Para Michael Rickel, comerciante histórico y ex presidente comunal, el concepto también fue perdiendo parte de su esencia. "Fue el mejor momento del pueblo. Mejoró mucho el turismo y también la vida nuestra. Teníamos todo un poco controlado: sin tanto tránsito, sin accidentes, sin ruido y sin humo." Pero advierte que el crecimiento urbano desdibujó parte del modelo. "No alcanza con controlar autos. Hace falta una buena recepción. Gente capacitada, baños públicos, refugios, senderos bien mantenidos y volver a pensar como turista."
En la misma línea, quienes participaron siendo adolescentes de los primeros programas ambientales sostienen que el aniversario representa una oportunidad para volver a involucrar a toda la comunidad. "No alcanza con repetir la frase 'pueblo peatonal' como un eslogan. Tiene que ser algo genuino, algo real, que nosotros mismos disfrutemos y que el visitante realmente lo viva cuando llega."


El desafío de volver a caminar
Hace treinta años un joven mochilero estuvo a punto de abandonar La Cumbrecita sin haber podido presentar su idea. Una casualidad lo hizo subir a la camioneta del intendente. Después vinieron las reuniones, los debates, los consensos y una decisión colectiva que terminó convirtiendo al pueblo en el primero de la Argentina pensado para caminar.
Treinta años después, ese logro ya forma parte de la historia. El desafío hoy parece ser otro: recuperar el espíritu que hizo posible aquella revolución silenciosa. Porque el verdadero legado del pueblo peatonal nunca fue únicamente dejar los autos afuera. Fue demostrar que un destino puede crecer sin renunciar a su identidad, que el turismo puede construirse junto a la comunidad y que, muchas veces, las transformaciones más profundas comienzan cuando alguien decide bajar la velocidad y caminar.







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