
"Ninguna tontería" – Un nuevo relato de Marcos Villalobo con paisajes de Amboy
Ambientado en Amboy, con su río sereno y sus calles llenas de memoria, este cuento nos invita a recorrer un espacio donde el tiempo parece suspendido, pero donde las emociones y los recuerdos fluyen con la misma fuerza que la corriente.


Te invitamos a descubrir esta historia en Calamuchita en Línea, una lectura que nos recuerda que escribir, a veces, es más que un oficio: es un desafío del alma.
Ninguna tontería
Por: Marcos J. Villalobo
“La persona que escribe no es la misma que vive.”
(La pasión y la condena, Juan Villoro)
Me duele escribir esta historia, no la disfruto, sufro la elección de cada oración. Escribo a mano. El tacto, el sentir de la lapicera entre los dedos, dándole forma –y acción – a las palabras; palabras desordenadas en mi cabeza y que pretenden llegar con algo de coherencia al papel. Su intención, mi intención, es contar una historia.
¿Qué historia?
Hacía mucho que no venía a Amboy; no importa cuándo fue la última vez, sigue igual. Camino por sus añejas callecitas, me sigo maravillando –como la primera vez -, con sus casas antiguas, y bajo hasta el río; rio manso, con sus sombras amigables que te abrazan y te cubren del impiadoso sol o las inoportunas lluvias. Tranquilidad, armonía, silencio… Amboy.

Foto: Calamuchitaenlinea
Y es el río el que me trae una historia, a través del murmullo de la corriente, que golpea con las rocas, las piedras, el tiempo, los recuerdos, las imágenes, los vientos.
Sí, sí, ya voy a la historia. Es una historia corta que requiere de paciencia, de calma, como el río que cruza Amboy.

Foto: Calamuchitaenlinea
No se pierde nada por esperar, el tiempo no nos corre y menos bajo esta sombra. A veces no aceptamos lo inexplicable, tememos que nos tomen por tontos. Pero es necesario, por momentos, incursionar en lo inexplicable: no es ninguna tontería.
Todos los días tienen su historia, y esta es la historia de Oscar Ochoa, que llegó de la ciudad huyendo de la justicia para instalarse en la tranquilidad de las sierras calamuchitanas, y terminó enamorándose de Clarita Buendía. Y, también, es mi historia.
Oscar Ochoa escapaba, con la idea de desintoxicarse de la ciudad y su pasado de malandra… aunque no del trago. Cada viernes y sábado iba al bar local y se quedaba hasta entrada la madrugada con sus cavilaciones mientras inclinaba el codo… y observaba a una rubia de ojos celestes, que, acompañada de una guitarra, entonaba zambas. Esa rubia de ojos celestes era Clarita Buendía.

Foto: Calamuchitaenlinea
El rio me cuenta que fue en una de esas noches largas de vino y guitarras, cuando Oscar Ochoa y Ramón Sosa se conocieron, no habían pasado ni dos copas y ya parecían hermanos de la vida, compartiendo historias de penas, de amores, de penas de amores, sueños truncos y, también, de pasiones futboleras.
Ramón hablaba de Talleres como si fuera un credo, mientras Oscar Ochoa defendía a Belgrano con la pasión de quien ha sufrido y festejado en Alberdi. Fue en una noche de esas, donde un debate futbolero inició en tono de broma, con chanzas sobre partidos, goleadas y campeonatos robados, y fue subiendo de temperatura la charla; y, a medida que las botellas se vaciaban, las palabras se volvían más filosas. Primero fueron risas nerviosas, después insultos disfrazados de chistes, hasta que Oscar Ochoa golpeó la mesa y dijo que Talleres no tenía alma. Ramón Sosa se levantó de un salto y respondió que Belgrano era un equipo de barrio sin historia. Los amigos que los rodeaban intentaron calmarlos, pero ya estaban encendidos. Alguien propuso brindar por la paz, pero Ramón arrojó la copa al suelo y desafió a Oscar Ochoa a resolver el asunto “como machos”.
Salieron a la calle tambaleándose, mientras la gente del pueblo se asomaba curiosa para ver en qué terminaba aquello.

Foto: Calamuchitaenlinea
Bajo la luz amarilla de un farol, se miraron fijo como si no se conocieran. Oscar Ochoa sacó un cuchillo corto, Ramón rompió el cuello de una botella y ambos se acercaron despacio, bien despacio, bien-des-paaaaa-cio. La noche se quedó en silencio, el viento movía las ramas de los árboles, y los perros ladraban a lo lejos.
Y apareció Clarita. Nadie sabe de dónde salió, pero ahí estaba, con un vestido floreado que brillaba bajo el farol, mirándolos con una mezcla de lástima y enojo.
“¡Oscar Ochoa! ¡Ramón Sosa!”, Clarita Buendía gritó sus nombres y cruzó la calle como un vendaval, se plantó entre los dos y les soltó una catarata de insultos: que si eran bestias, que si estaban locos, pendencieros, borrachos, vagos, que si pensaban que pelear por un equipo los hacía más hombres, más machos... Les dijo que no iba a perder el tiempo con ninguno y que los dos eran igual de tontos. ¡Tontos! ¡Tontos!
La gente se rió bajito y todo terminó: Oscar Ochoa y Ramón Sosa bajaron las armas.

Foto: Calamuchitaenlinea
El rio me cuenta que esa misma noche un guitarrero improvisó unos versos sobre los dos borrachos enamorados, y sobre cómo Clarita los dejó plantados como espantapájaros con los nudillos tiritando.
Ellos – orgullosos – jamás se perdonaron. Desde entonces, cuando en el pueblo se arman guitarreadas, siempre hay quien canta esa chacarera que empieza diciendo “dos tontos se fueron al duelo, pero Clarita los dejó sin suelo”. La gente todavía se ríe al recordarlos.
Yo, Oscar Ochoa, con el tiempo me fui del pueblo, y me duele contarlo: esta historia me la trajo el río, una historia que creía olvidada, porque me sucedió hace 50 años, cuando era un joven apasionado y enamoradizo. Una historia – que me trae el río – transformada en canción.

Foto: Calamuchitaenlinea






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