
Historias de Norma: relatos de una vecina con mucho para contar - Episodio 3
Florencia Aquiles

Mabel Grillo nos presenta a Norma, una narradora espontánea que comparte historias de la vida cotidiana con un toque pedagógico.
Norma es una de esas vecinas que siempre tiene una historia para contar. Desde que se jubiló, ha convertido las charlas con amigos, vecinos y desconocidos en una especie de ritual diario. Con un espíritu generoso y la intención de entretener—y quizás también de enseñar—Norma nos trae relatos llenos de vivencias, emociones y reflexiones.
En este espacio, Mabel Grillo nos introduce en el universo de Norma, donde las anécdotas se entrelazan con la realidad y nos invitan a escuchar otras voces, aquellas que muchas veces no encuentran lugar en los medios. A continuación, el primer episodio de esta serie de relatos: "Se fueron las visitas de verano".
Historias de Norma
Mabel Grillo
Norma es una vecina más, de acá, de donde nosotros vivimos. Ahora que está jubilada, le gusta conversar y suele invertir bastante tiempo en charlas diarias, sobre el tema que sea, con vecinos, amigos y cualquiera que se le acerque. En este espacio, nos contará esas charlas y algunas de sus experiencias cotidianas. Dice que lo hace porque desea entretener a quienes no tienen tiempo de hablar con los demás. Como la conozco y sé que toda su vida fue docente sospecho que también tiene un objetivo pedagógico. Desea que entendamos un poco mejor las ideas de quienes no tienen espacio en los medios o en otros escenarios de la vida pública.

Norma cuenta
Episodio 3
Quién puede arreglar esto?
Estaba en la vereda hablando con mi hija cuando pasó doña Selva, la señora que tiene la verdulería en la otra cuadra. La vi cansada y, al pasar, se lo dije. -Está cansada doña Selva? Viene caminando despacito….-Sí, me contestó, “me pasé toda la mañana del médico…esperando, esperando. Cansada de qué, no sé, porque estuve sentada toda la mañana, hasta las tres y media de la tarde. Primero haciéndome un estudio, tenía turno a las 12 y me atendieron a la una y media. Después, tenía turno con el médico para llevarle el resultado del estudio. Mi turno era a la una y cuarto y me atendió a las tres menos cuarto. Volví a casa después de las tres y media sin almorzar, cansada de esperar, con hambre y con sed. A usted le parece?”, me dijo. -No, le contesté, no me parece bien, a mi me pasa casi siempre lo mismo. Mi respuesta funcionó como un acelerador; Selva comenzó una diatriba contra esta situación, más o menos como sigue. “ Es una falta de respeto, dijo, y siguió. no trabajan sólo ellos, yo también trabajo y tengo mis tiempos. Abro la verdulería a las cuatro y acá me ve son las seis y media de la tarde, todavía podría estar vendiendo porque falta me hace, pero ya no doy más. Hace de las siete de la mañana que estoy andando.”
Traté de darle un sentido a esas reiteradas situaciones por las que pasan miles de personas que quieren hacerse atender en un centro médico en nuestro país,
con una explicación que he intentado darme a mi misma. Le dije que debe ser porque los médicos ganan poco o quieren ganar más -no es poca la diferencia entre uno u otro motivo, pero ese es otro tema- y entonces tienen que dar muchos turnos por hora. Pero, como no pueden atender
medianamente bien en diez o quince minutos, tal como se previó cuando se organizaron los turnos, las consultas se demoran más, los pacientes empiezan a amontonarse y la espera se hace larga. Una salida sería que cobraran más cara la consulta y atendieran menos personas por día, pero para nosotras no sería buena esa solución.
Me pareció que a Selva no le gustó que diera tantas vueltas sobre el tema. Debe haber querido que yo también me enojara con los médicos o con las clínicas y los hospitales. Entonces dije algo que digo siempre cuando veo problemas sociales sin solución. -Sabe qué pasa Selva, nadie piensa en este país. Nadie piensa en cómo solucionar los problemas de la gente. Todo el mundo hace lo mismo siempre, aunque sepa que las cosas andan mal. Y sabe quién debería pensar en soluciones para este y otros tantos problemas que tenemos? Los que cobran para eso: gobernantes y funcionarios.
Con esta última idea había logrado empatizar con Selva, había encontrado con quien enojarnos e identificar a quienes deberían encontrar una solución; nos habíamos puesto de acuerdo.
No seguimos con el tema, lo dejamos ahí. Sospecho que fue porque el razonamiento nos hubiera llevado a lo de siempre. Cada vez que pensamos en quienes deberían resolver los problemas de la gente, la cuestión vuelve a nosotras como parte de la sociedad. Porque los responsables son quienes gobiernan, ellos son los que debieran organizar, decidir y llevar adelante las soluciones necesarias. Pero no podemos olvidar que están ahí porque los elegimos, están ahí porque los votamos nosotros, los ciudadanos que estamos reclamando.
Leé los episodios de Historias de Norma:






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