
Calle Málaga: Carmen Maura frente al tiempo, la memoria y el derecho a elegir
Leila Rivera

Hay películas que hablan de la vejez y otras que, más discretamente, se preguntan qué significa seguir viviendo cuando los demás comienzan a decidir por uno. Calle Málaga, el nuevo largometraje de la directora marroquí Maryam Touzani, pertenece a la segunda categoría. Su protagonista no es presentada como una mujer que aguarda resignadamente el final de su historia, sino como alguien que todavía tiene proyectos, deseos, contradicciones y, sobre todo, la voluntad de elegir.
La película fue una de las grandes protagonistas del 40° Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, donde obtuvo el premio a Mejor Largometraje de la Competencia Internacional, el premio a Mejor Actuación Femenina para Carmen Maura y el Premio del Público.
Carmen Maura, el gran acontecimiento de Calle Málaga
María Ángeles, una española de 79 años que vive sola en Tánger, tiene una existencia construida sobre pequeños rituales, vínculos cotidianos y una relación profundamente afectiva con su casa. La llegada de su hija Clara, interpretada por Marta Etura, altera ese equilibrio: la posibilidad de perder el departamento convierte lo que podría parecer una cuestión inmobiliaria en un conflicto mucho más profundo.
Pero Calle Málaga no necesita convertir ese enfrentamiento en una batalla melodramática. Su verdadera fuerza está en observar qué significa para una persona perder el espacio que concentra buena parte de su memoria.

Y allí aparece Carmen Maura.
Asociada inevitablemente a algunas de las películas fundamentales del cine español contemporáneo, Carmen Maura encuentra en María Ángeles un personaje que parece escrito a la medida de su temperamento cinematográfico: irónico, vulnerable, obstinado y capaz de una vitalidad que no necesita ser subrayada.
Maura no interpreta la edad: interpreta a una mujer que tiene una determinada edad. La diferencia es sustancial. Sus gestos, sus silencios y hasta su manera de ocupar los espacios producen la sensación de que estamos frente a una vida anterior a la película, una existencia que no comienza cuando aparece el primer plano.
No sorprende, entonces, que la crítica haya destacado de manera casi unánime su trabajo. Calle Málaga depende en buena medida de esa capacidad de Maura para sostener simultáneamente la comicidad, la fragilidad y el carácter.

Tánger, una ciudad entre dos mundos
La película también encuentra una de sus mayores virtudes en Tánger. Touzani no utiliza la ciudad como un simple decorado exótico: la convierte en una extensión emocional de María Ángeles: calles, mercados, edificios, interiores y rostros conforman un universo donde conviven distintas lenguas, religiones y tradiciones..
Esa dimensión histórica permanece integrada al relato sin transformarlo en una lección de geopolítica. Calle Málaga habla de una comunidad española instalada en el norte de Marruecos, pero sobre todo habla de pertenencia: ¿dónde está nuestra casa? ¿En el lugar donde nacimos, en el sitio donde vivimos durante décadas o allí donde todavía reconocemos nuestros propios recuerdos?

Vejez, deseo y autonomía: una mirada poco habitual
Uno de los aspectos más interesantes de la película aparece cuando se niega a aceptar la idea de que el deseo tenga fecha de vencimiento.
La sexualidad en la vejez continúa siendo un territorio poco explorado por el cine comercial. Cuando aparece, suele hacerlo bajo la forma de la excepción, el gag o la nostalgia. Touzani, en cambio, intenta devolverle naturalidad. María Ángeles puede ser abuela, puede tener casi ochenta años y puede, al mismo tiempo, sentir curiosidad, atracción y deseo.
La decisión adquiere todavía más fuerza porque Carmen Maura no interpreta a una mujer construida para resultar convencionalmente seductora. La película propone algo más interesante: que la sensualidad no depende de ajustarse a un determinado modelo físico, sino de conservar una relación activa con la propia vida. Es una cuestión de autonomía.

Una película luminosa, aunque no exenta de lugares comunes
Touzani construye un film cálido, de fotografía luminosa y ritmo reposado, que alterna el drama familiar con momentos de humor y ternura. La puesta en escena evita, en general, el miserabilismo y encuentra en los espacios cotidianos una fuente constante de observación.
Sin embargo, Calle Málaga tampoco es una película perfecta. Su guion, escrito por Touzani junto con Nabil Ayouch, acumula varias líneas narrativas —familia, identidad, memoria, envejecimiento, deseo, pertenencia— y no todas alcanzan idéntica profundidad. Algunos conflictos aparecen resueltos mediante fórmulas más previsibles de lo que su planteo inicial hacía esperar. Esa observación también ha sido señalada por parte de la crítica argentina.

Pero incluso allí donde la película se aproxima al lugar común, la presencia de Maura y la sensibilidad visual de Touzani consiguen devolverle espesor.
Porque, finalmente, Calle Málaga no pretende descubrir una gran verdad sobre la vejez. Su mérito es más sencillo y, acaso, más difícil: recordar que detrás de una edad hay una persona que todavía puede desear, equivocarse, reírse, enamorarse y decidir.
La película lleva ese principio hasta una conclusión que trasciende su argumento: envejecer no debería significar que otros comiencen a vivir por nosotros.
Y Carmen Maura, con esa mezcla tan suya de ironía y melancolía, se encarga de recordarlo con una autoridad cinematográfica que no necesita discursos.




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