
“Distancia de rescate”: cuando el miedo de una madre se convierte en paisaje
Leila RiveraUna novela difícil de llevar al cine
Hay libros que parecen escritos para ser filmados. “Distancia de rescate”, la novela publicada por Samanta Schweblin en 2014, pertenece a la categoría contraria: su potencia está precisamente en aquello que la literatura puede mantener en suspensión. Una voz que reconstruye los hechos, un diálogo atravesado por la urgencia, una percepción que se vuelve cada vez menos confiable y una amenaza cuya naturaleza nunca termina de quedar completamente fijada.
Llevar ese mecanismo a imágenes implicaba un riesgo considerable. La directora peruana Claudia Llosa aceptó el desafío y escribió el guion junto con Schweblin. Fue, además, la primera vez que Llosa trabajó a partir de material ajeno. La cineasta contó que una de sus primeras decisiones fue sacar a Amanda y David del espacio cerrado en el que transcurre buena parte de la novela y convertir ese relato en una travesía cinematográfica.
El resultado no pretende reproducir literalmente el libro. Y allí reside una de sus principales virtudes: entiende que adaptar no significa ilustrar.



Maternidad, miedo y una amenaza invisible
Amanda llega con su hija Nina a una casa de campo. Allí conoce a Carola, una mujer del lugar cuyo hijo David introduce desde el comienzo una extraña perturbación en la relación entre los personajes.
La película construye su tensión alrededor de una pregunta esencial: ¿hasta dónde puede una madre proteger a su hijo?
La expresión que da título a la obra funciona como una imagen extraordinariamente cinematográfica. Esa distancia es el espacio imaginario que una madre calcula permanentemente para saber cuánto tardaría en llegar hasta su hijo si algo ocurriera. Es una medida del cuidado, pero también de la ansiedad. Porque cuidar implica aceptar que existe un momento, por pequeño que sea, en el que el otro queda fuera de nuestro alcance.
Llosa convierte esa preocupación íntima en una amenaza que se extiende sobre el paisaje. El campo deja de ser un refugio y adquiere una presencia ambigua. La naturaleza no aparece simplemente como escenario: participa del clima de la película.

El paisaje como amenaza
Uno de los mayores aciertos de “Distancia de rescate” está en su tratamiento visual y sonoro.
La fotografía de Oscar Faura evita convertir el campo en una postal tranquilizadora. Hay belleza, pero también una sensación persistente de amenaza. El espacio abierto, paradójicamente, produce encierro. Los caminos, los árboles, los animales y el agua parecen contener algo que los personajes no pueden terminar de descifrar.
El sonido desempeña un papel igualmente importante. Ruidos de animales, silencios y sonidos ambientales construyen una tensión que no necesita apoyarse permanentemente en golpes de efecto. Es un terror más cercano a la inquietud que al sobresalto.

María Valverde y Dolores Fonzi: dos formas de la maternidad
María Valverde construye a Amanda desde la fragilidad y la vigilancia permanente. Su interpretación trabaja especialmente bien la sensación de alguien que intenta comprender aquello que está ocurriendo mientras trata, al mismo tiempo, de mantener bajo control su propio miedo.
Dolores Fonzi, en cambio, dota a Carola de una presencia mucho más difícil de clasificar. Hay en su personaje una mezcla de intimidad, extrañeza y amenaza que impide que la relación entre ambas mujeres pueda leerse de una única manera.
Entre ellas se establece uno de los ejes más interesantes de la película: dos maternidades que parecen enfrentarse a la misma pregunta desde lugares completamente diferentes.

La contaminación como realidad y como metáfora
En Schweblin, el horror nunca funciona únicamente como género. Hay siempre algo reconocible detrás de lo fantástico: el miedo a perder el control sobre el propio cuerpo, la vulnerabilidad de los hijos, la contaminación del ambiente y la desconfianza hacia un mundo que los adultos deberían poder proteger.
Llosa conserva esa dimensión y la vuelve visual.
La contaminación que atraviesa el relato puede leerse como un peligro concreto, pero también como una metáfora de aquello que una sociedad introduce en su propio entorno y después descubre que ya no puede controlar. La película no necesita convertir esa lectura en un discurso explícito: alcanza con la transformación progresiva del paisaje cotidiano en un espacio amenazante.

Una adaptación que busca su propia forma
El principal mérito de “Distancia de rescate” es comprender que el cine no puede reproducir la particular respiración de la novela y que, en consecuencia, debe encontrar otra.
Schweblin participó activamente en la adaptación, desde el guion hasta decisiones vinculadas con el casting, las locaciones, el rodaje y el montaje. La propia escritora explicó que la película no es el libro, aunque pudo sentirla como una prolongación propia de aquella historia.
“Distancia de rescate” no busca tanto explicar el miedo como instalarlo. Su mejor material no está en las respuestas, sino en esa zona incómoda en la que una madre percibe que algo amenaza aquello que más quiere y descubre que ninguna distancia es lo suficientemente corta para garantizar la seguridad.
Y allí, precisamente, la película encuentra su vínculo más profundo con Schweblin: en la sospecha de que lo verdaderamente aterrador no siempre es aquello que vemos, sino aquello que podría estar ocurriendo mientras todavía creemos que todo está bajo control.




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